El blanquillo.
Una de las imágenes más hermosas de las campiñas cubanas, son esa en las que aparece la palma real, con unas montañas de fondo y donde sobresale el pequeño bohío, de tablitas de palma y muy bien cobijado de guano. Esos paisajes que denotan la belleza y la sencilles de los campos de nuestra isla.
Pues en esta parte del libro te quiero
contar como esos bohíos lucen tan hermosos a pesar de su humildad y simpleza.
Como ya comprenderás esos temas de pinturas de vinil o aceites de colores vivos
y en gran diversidad es muy limitada para la mayoría de los intrincados pueblos
de Cuba como es el caso de La Tinta de Jauco y sus comunidades aledañas. El
centro del pueblo desde tiempos pasados siempre estuvo un poco más actualizado
en este aspecto, las casas lucían sus modernos colores, pero los bohíos de más
adentro, los de tablitas de palma, guano y piso de tierra también se
engalanaban y sin no me crees, pues espera que ahora te cuento.
Como explique en otra parte del libro
los bohíos son esas pequeñas casitas, se entablan con la madera de la palma,
para el techo se ocupa el guano, y su piso es por lo general de tierra.
Dependiendo su tipología, algunos eran cubiertos en vez de tablas de palma con
yaguas. Estos a su manera se arreglan
muy bien, el piso se humedece, se riega con cenizas, y se vuelve a humedecer y
se le van dando golpes para aplanar la superficie del suelo y así ayudar a que
la capa de cenizas quede adherida en el suelo que luego de este proceso quedara
nítido.
Pero lo más interesante y una de las
razones por la que aquí escribo esto, es la pintura empleada para embellecer
las paredes. Este es un misterio llamado blanquillo.
¿Qué es el blanquillo y como se
prepara?
El blanquillo es un tipo de tierra que
abunda por estos lugares, entre Baracoa y Jauco, como su nombre lo indica, esta
tierra generalmente es de color blanco, aunque no siempre es así. Se recolecta
para de ahí fabricar lo que después de un específico proceso será la pintura
llamada blanquillo. Como dije anteriormente, hay otros colores en este recurso
natural, a parte del de blanquillo blanco que es el más común, también existe
otro que es de un color azulado o morado claro al que también llamamos
blanquillo.
Toda esta tierra se pone en un lugar a
reposar y se le agrega agua, y durante los próximos días se dejará descomponer
o más bien como aquí decimos, se deja pudriendo. Este proceso es imprescindible
para que la pintura se adhiera a la pared y evitar no nos pinte al rosarnos.
Luego de unos días y cuando aquel fango queda listo para su cometido, se cuela
para que restos de hojas, pequeños ramas y piedrecitas queden fuera del líquido
espeso. Y ya tenemos el banquillo, de ahí en lo adelante se le ira añadiendo agua
según el espesor deseado y quedara listo para pintar de alegría aquellas
pequeñas tablitas de palma.
Orgullosamente se contemplaba aquel
hogar de paredes blancas en el que quedaba prohibido recostar taburetes para no
tumbar la pintura y en el que muchos vivieron sus años más plenos, sin muchos
lujos, pero siendo felices con lo que tenían. Lo digo por los testimonias de
personas muy cercanas, como es el caso de mi abuela Nena, quien después de
vivir en abundancia y lujos y en una de las viviendas más vistosas de toda la
región, se enamoró de un joven campesino con quien contrajo matrimonio, y quién
construyo una pequeña casa de tablas de palmas que luego fueron pintadas con
banquillo, para allí, iniciar su familia, una que mantuvieron por más de 50
años hasta que la muerte les separó.
Aunque para ese momento ya su casa lucia completamente diferente, mi
abuela siempre mantuvo que fue tan feliz en aquella casita con mi abuelo y sus
hijos que recurrentemente anhelaba los años en que la casa era un bohío pera
tenía todo lo que necesitaban para ser feliz.
Yo también recuerdo la antigua cocina
de mi casa, no la actual, sino la que existió antes de la revolución de
construcciones que mi mama ha emprendido en nuestro terreno y de las
interminables remodelaciones. Aquella cocina era de guano y tablas de palma
también, tablas separadas y que daban temor solo de pensar que en la noche los
ojos de alguien se asomaran observándote desde afuera. Una vez la pintamos con
blanquillo por dentro y por fura, solo que aquel blanquillo no era blanco
porque a la genio de mi madre se le ocurrió echarle un poco de mercurio,
esta impensable mezcla dio como resultado un color rosado claro, bueno
verdaderamente se vio bien nuestra cocina aquel fin de año. También recuerdo
con cariño la casita de Iliana Lobaina, parecía de muñecas, pequeña, pero todo
muy limpio y organizado y su casita muy pintadita. Iliana todos los días
cambiaba la estructura de la casa, podías entrar un día por la sala y al otro
día la entrada estaba ubicada en otro lugar, pero guardo recuerdos muy gratos
de los miles de veces que pase mis días jugando allá arriba.
Este tema sobre el blanquillo me
intereso muchísimo y por más que investigue, en otras regiones de Cuba parece
no utilizarse, tampoco encontré ningún tipo de información en internet y por
eso escribo sobre lo antes mencionado, por el poco o casi nulo conocimiento
relacionado a esta práctica, que si bien no digo sea ingenio de los habitantes
de estas regiones del país, si estoy seguro de que continuamos siendo de los
pocos en usarlo.

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