El ritual de tostar un café.

 



Hay una magia en ese rito, existe algo mítico que se queda grabado en la mente de quien puede o ha vivido la experiencia de ver tostar un café.

El caldero bien tiznado y ya manchado en su interior por la inmensa cantidad de veces que ha visto el baile de los granos de café cambiando de color y desprendiendo ese aroma, el más sensual del campo.

Comienza el ritual, ella con su cabello cubierto para no dejar impregnar el olor que es inevitable.

El humo invade la cocina y se dispersa por doquier en columnas que viajan por el barrio anunciando que "alguien está tostando café".

Sudando y meneando sus brazos que mueven una paleta de madera del mismo color que el interior del caldero, sube y baja, adelante y atrás remueve sin descanso el montón de granos que ya ha perdido su color natural.

Así continúa hasta un momento, un instante exacto en el que comienza lo más importante y lo que distingue a un café tostado del otro, añadir el azúcar.

¿Cómo?, ¿cuándo?, qué cantidad?  o dónde?,, son interrogantes que para muchos entre los que me incluyo son un misterio.

Solo los que saben tostar café lo saben y tienen la habilidad de dar ese gusto o ese punto exacto donde revienta una experiencia única que deja tatuado en el paladar una memoria deliciosa e inigualable.

Yo solo puedo decir que se utiliza el azúcar parda, morena, prieta o como sea, solo sé que no puede ser blanca, yo no sé porque pregunte usted.

Por una esquina está el ajustando el molino para volver harina el primer puñado de café.

Mientras la bolsa de tela va chorreando la hirviente mezcla, se preguntan, ¿Tiñe o no?, ahí otra cuestión, muy importante para la evaluación final que se divide en café fuerte o café claro. Ya servido y desprendiendo el espiritual olor que penetra hasta la memoria, dejando hipnotizado a quien lo bebe, llega el momento cumbre en que los catadores saborean todo del café recién colado, y así con una conversación elocuente y los niños con el pan empapado del café claro termina este ritual de tostar café.

Por lo menos en mi barrio La Tinta de Jauco es así, no sé tú, pero yo añoro ese momento

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