La Mesa, madre protectora.
Cada paisaje tiene su fondo único, ese
que observamos con detenimiento para grabar sus detalles, ese que distingue un
lugar, uno que da identidad y uno que se ama, para el barrio de La Tinta de
Jauco, La Mesa es ese fondo protector, el que nos abraza para dejarnos ocultos
del mundo. Recuerdo nostálgicamente las mañanas lluviosas cuando la niebla
comenzaba a despejarse y poco a poco surgía imponente la gigantesca montaña,
verde como el lugar donde hay vida, con su marca distintiva, casi en su centro,
una pequeña parte carente de vegetación que deja en descubierto el pedregoso
acantilado.
Es tan misterioso todo con respecto a
este lugar que desde pequeño anhele poder explorar un poco de la virginidad de
sus rincones.
Lo hice gracias a Dios, subí hasta
allá arriba y aunque agotador fue el camino, no podría explicar humanamente la
sensación que produce el pararse cerca del precipicio y mirar lo diminutas que
lucen las cosas que pensamos son grandes, el ver las nubes desde un punto tan
elevado que no parecen tan lejos ni tan nubes y sentir el aire en el rostro de
tal forma que no huele a más nada que pureza. No dudaré en subir en cuanto mi
Dios me conceda el milagro de regresar a mi pueblo amado y es que muy pocas
cosas en la vida me han causado tanta satisfacción que aquella aventura que me
llevó con mis estudiantes de 8vo grado a subir a La Mesa, bajar hasta Boca de
Jauco y subir a la Tinta por el río ese mismo día.
Parecerá increíble pero La Mesa está
llena de ríos, muchos secos aparentemente y otros donde se asoma el agua
brevemente mostrando lo sublime que es la naturaleza al bendecir con esa agua a
las criaturas que viven en aquella altura tan remota. Vestigios vagos y casi
sepultados por las hierbas y los matojos dejan ver que el hombre quiso doblegar
el curso de la naturaleza, y es que para conseguir subsistir allí es imposible
hacerlo de la manera moderna, allí hay que ser un elemento más del paisaje y
otro ser viviente que se refugia en tanto verde, hay que aprender a ser tan
humano que lo que hoy conocemos no nos haga falta para vivir. Sus paisajes son
muy diversos, existen las grandes praderas cubiertas de hierbas y guayabas
silvestres que se mecen con la interminable brisa que se apresura a refrescar
el abrazador calor, cada planta a aprendiendo a vivir de la sequedad del suelo
y sus peladeros llenos de zarzas y cactus nos hacen reflexionar de que a todo
somos capaces de adaptarnos cuando decimos vivir y sobrevivir.
Por otro lado, más fresco, aparecen
los antes mencionados ríos secos rodeados de una exuberante flora que nos deja
bien claro que agua por allí es algo fácil de encontrar, los almácigos
colorados descascaran sus corteza y los cupeyes y las guásimas impiden al astro
rey resecar el húmedo suelo inundado de helechos. Los cocoteros son mecidos por
el salvaje viento, a veces tan fuerte que se escucha el rugir de sus pencas en
las alturas.
En otra parte del recorrido me fijé
que crecía muy elegante y exclusivo un arbolito de cintas, uno de esos
arbolitos que nuestras abuelas sembraban en los jardines por lo colorido de sus
hojas. Pensé, por aquí alguien y en algún momento tuvo su casa y efectivamente,
lo corroboré unos metros más adelante por la marca que deja el hombre en los
lugares donde intenta asentarse, muros de piedra y concreto. Muros, ¿que son
los muros frente a un monstruo cómo aquel lugar que no ha podido ser domado?,
más bien ha sido reforzado con más vegetación, mangos, mameyes, zapotes y
plátanos que fueron traídos aquí como extraños y que se han ganado con los años
el derecho de llamarse parte del territorio.
El camino después de remontar el mismo
tope es aún más impresionante, aparecen aquellas infinitas planicies verde
brillante y que terminan por camuflarse con la infinidad del océano en un
espectáculo tornasolado. Y pensé yo, parece increíble que en esta altura exista
tal llanura e inmediatamente entendí el porqué de su nombre, La Mesa, tan plana
y llana como eso, una mesa. Imposible dejar de pararse y querer, aunque no se
quiera, poder observar el bendito regalo que un atardecer ofrecería desde allí.
El camino de bajada, aunque un poco
amplio para en momentos propicios permitir el tránsito a vehículos capaces y a
choferes audaces comienza a mostrarse pedregoso. Pero no un pedregoso común,
son esas piedras con muchos orificios y caracoles fosilizados que hablan de un
mar que hace muchos años las mantenía sumergidas. Imposible no volver a pensar
en lo grandioso de la creación y de cómo las aguas fueron separadas de las
aguas y de cómo la tierra emergió en aquel tercer día.
Van quedando los colores tropicales
detrás y lo semidesértico del sur oriental cubano comienza a descubrir la costa
y su belleza. El mar, que aquí es más azul que en ningún otro lugar y el cielo
que parece competir por continuar siendo más azul que el mismo mar, te entran
al alma junto al olor de esa brisa salitre que penetra hasta algún lugar del espíritu
que solo puede ser tocado por algo tan sublime, creo que ese día terminé de
enamorarme de mi tierra bendita. Ese día descubrí lo real y maravilloso de mi
tierra como dijo aquel escritor de inspiración. Ese día Dios y la vida me
dieron la lección más maravillosa que he podido recibir y como si anticiparon
que me quedaban escasos días por allí, me dejaron una marca en el corazón que
hasta hoy protejo para no olvidarme ni de un solo detalle.
El ser humano anhela lo novedoso y lo
extraordinario y eso está muy bien. Muy repetidamente escuchamos de lo poco que
hay por ver o lo precoz de lo novedoso en nuestro barrio.
Y yo les pregunto:
¿Cuántos de ustedes han subido a La
Mesa?
¿Cuántos de ustedes de verdad han
visto los maravillosos paisajes que gratuitamente La Mesa les puede ofrecer?
¿Cuántos habrán nacido y habrán muerto
sin siquiera preguntarse cómo será aquello allá arriba?
¿Cuántos de ustedes no han dado
gracias a esa montaña por desviar o debilitar un huracán?
¿Cuántos han estado esperando la
guagua o cualquier transporte para Maisí o Baracoa y al amanecer, ha sido La
Mesa la primera en decirles buenos días?
Cuántos habrán llorado mirando su
inmensa figura y aun así no se han atrevido a ir y conocer sus entrañas.
¿Cuántos como yo, extrañan esa
familiar imagen?
Hay tantas cosas hermosas que aún
debemos descubrir en nuestro pueblo, hay tantas cosas que creemos son comunes y
ni siquiera nosotros las conocemos. Es preciso que nos enamoremos de lo
nuestro, es necesario e imperioso que aprendamos a valorar, admirar, presumir y
conservar nuestras cosas para que el mundo conozca que somos dichosos no sólo
por los ríos y las frutas, por nuestra cultura y nuestra gente, sino también
porque tenemos lugares preciosos que el mundo quedaría de rodillas frente a su
hermosura, que tenemos la exclusividad de ser nosotros los que mostremos
nuestros valores identitarios y de ser nosotros los primeros en conocer a
nuestra vieja montaña.
Es tan sencillo poner en una mochila
una cuerda, unas botellas de agua y un pedazo de cualquier vianda con manteca o
un pedazo de pan con aceite e ir y aventurarse en aquellos paisajes con una
guitarra y ganas de sentir la vida.
Cuando por fin conectes con aquello
allá arriba, te darás cuenta de que poco importó si fue pan o carne lo que
llevabas en tu mochila, lo único que te va a importar será todo aquello que
entonces tendrás dentro de ti, de todos los recuerdos que habrás creado y todo
lo que tus ojos habrán visto.
Cuando regreses a casa, jamás volverás
a mirar hacia aquella montaña quieta y serena de la misma manera, cuando la
mires por dentro vas a sonreír y pensarás en aquel día en rompiste la rutina y
la monotonía de una forma tan sencilla que te parecerá increíble y ahí sí te
será imposible dejar de sonreír por fuera.
Ve y recuerda estas palabras y si
llegas a sentir lo mismo que yo o al menos algo parecido, comparte esa
experiencia con los tuyos, en tus redes sociales, en tus escuelas, en tu
trabajo y conmigo, me harías tan feliz al dejarme saber que también te has enamorado
de nuestra tierra y comprenderé que no es algo dentro de mí producido por la
añoranza, la distancia o la ausencia, sabré entonces que es algo real, que se
siente carnalmente , sabre entonces, que no es simplemente algo, sino que es el
espíritu de nuestra tierra.
Un día, lo sé, será tan
popular ese recorrido y sus senderos, que muchos sentirán la vergüenza de ver
foráneos llegar a visitar aquel lugar y tener que decir, o más cobardemente
pensar, que aún no conocen La Mesa, la madre guardiana de La Tinta de Jauco.
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