Los rezos a los difuntos y los altares a La Virgen de la Caridad del Cobre.

 

Todos conocemos con exactitud que, aunque los primeros habitantes de la isla eran los indios o los aborígenes, quiénes tenían su propia cultura y religión, fue la religión católica introducida por los europeos, la que se arraigó con más fuerza en nuestra isla y cómo es esperar, La Tinta de Jauco forma parte de esto.

Por su cercanía a Baracoa, La primera Villa fundada el 15 de agosto de 1511 por los españoles en Cuba, Jauco, desde sus inicios, se vio influenciada por la religión católica, tan así que uno de sus primeros habitantes, el italiano florentino, Francisco Gaita, católico de cuna, trajo consigo una cruz, la cual colocó uno de los horcones que sostenían su hamaca, y dónde se persignaba cada mañana. Así lo describió el Dr. Luis Montané. Y, además, en 1855 se colocó una cruz de parra en el pueblo.

Desde aquí en lo adelante, Jauco se fue desarrollando, y la religión predominante era la católica, pero no se tiene registro de que haya existido alguna vez, algún templo católico en este lugar, aunque como mencioné anteriormente, por la marcada forma en que los europeos diseñaban sus pueblos, ciudades y villas, la iglesia siempre estaba presente, o al menos la cruz.

Fueron transcurriendo los años y al no tener el pueblo un líder católico, dígase un padre o un párroco, los feligreses de aquí y en defensa de su fe, tomaron las riendas de la situación y se dispusieron a ser ellos mismos los que hicieran las misas, las actividades y todos los procederes religiosos que estaban necesitando.

Aprendieron a rezar, a bautizar, hacer altares a la Virgen de la Caridad del Cobre y a otros Santos, y así, se fue implementando en Jauco, un método adyacente a la iglesia católica, ya que, sin ninguna formación académica o teológica, estas personas eran quiénes dirigían las actividades.

Principalmente, las que más se desarrollaban por aquí, fueron los rezos a los difuntos, los bautizos a los recién nacidos, y los altares a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Fue así como llegan hasta nuestros días estás costumbres conocidas, cómo rezos, bautizos y altares.

 Los Rezos, un poco más metódicos y solemnes, tienen como protagonista al difunto, claro está, pues es a él o ella a quién se les están dedicando los rezos, rogando a Dios y a la Virgen de la Caridad por el descanso eterno del alma del fallecido.

Una persona experimentada y con amplio conocimiento de estos rezos, dirige la celebración, y el grupo de rezadores le apoya en unión a los presentes.

 Es imposible dejar de mencionar en esta parte al entrañable Carlos Manuel Matos, uno de los rezadores más famosos y queridos de toda nuestra tierra y quién se encargó de formar a otros que han tenido que tomar la responsabilidad de esto para continuar con la tradición.

Cuando se organiza un rezo a un difunto, estamos hablando de una gran conmemoración, y no solo por el respeto que se le tenga el fallecido y a su familia, ni tampoco por querer acompañar en el dolor que la pérdida de un familiar conlleva y que un momento como este requiere, sino, además, por el grado significativo y religioso que constituye el rezo, y diría yo que hasta tradicional.

Desde los lugares más distantes se mueven las personas y se dirigen hacia el lugar donde se va a realizar el rezo, es muy parecido a lo que describí en el libro cuando me referí a los velorios. Se reúne una gran multitud de vecinos y familiares acompañando el momento, a todos estos se les provee de desayuno, almuerzo, o merienda, de acuerdo con el horario del día. Al final, todos los presentes desfilan con las flores dedicadas al fallecido hasta el cementerio. Se les reza a los difuntos a los nuevos días, a los tres meses y al cabo del año, estas fechas son inquebrantables, a menos que sea por motivos excepcionales.

 

 Los altares

Por otra parte, los altares tienen una connotación un poco más alegre, aunque no dejan de ser solemnes.

Los altares tienen distintos motivos, ya sea por cumplir una promesa debido a una enfermedad en un familiar o uno mismo, a un viaje, una situación, a un resultado positivo, o simplemente por agradecimiento o veneración a La Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.

Todo comienza a partir de que se fija una fecha para el altar y la persona que lo va a hacer se convertirá en anfitrión de una enorme congregación, por qué recibirá en su hogar, a todas las personas que vendrán para hacerle compañía en este momento.

Se les manda avisos a los cantadores de altares, hombres y mujeres de habilidad innata para la improvisación, y así se van regando la bola por todo el barrio y los alrededores y a la caída de la tarde del día señalado comienza a llegar la gente.

Al llegar a la casa, después de la cálida bienvenida que les dará el anfitrión, les espera un hermoso altar de color blanco y escalonado, decorado de forma sencilla pero deslumbrante, por las flores, las velas, las imágenes de santos, del sagrado corazón y de los adornos que denotan qué será allí, donde todos lleguen a dar gracias y dónde también disputarán  una paloma y un barco, los dos trofeos más apreciados de esta contienda de cantantes, quiénes durante toda la noche estarán improvisando y dedicando sus mejores décimas a la imagen Sagrada de la Virgen de la Caridad del Cobre y a  otros Santos.

 Todos los asistentes estarán alrededor mirando cómo estas personas improvisan unos contra otros, siempre dentro del marco del respeto y sin olvidar el carácter religioso de la actividad.

Norma Matos, hija de Carlos Manuel Matos, y a quién quiero con mucho cariño, de niño me enseñó esta canción:

"Virgen de la Caridad, dónde te tienen metida, en un cuadro de cristal, siendo tu mi preferida".

Siempre recuerdo qué traté de entonarla cuando tuve la oportunidad de ir con tío Rolandito y Magali, la esposa de Socorro, a un altar en La Olla.

Recuerdo lo colorido del lugar, y la multitud qué había allí dispersa en un secadero y un rancho, envueltos en un ambiente festivo y alegre, pero que no sé apartaba de lo respetuoso de la celebración.

Aunque siempre suceden situaciones que le roncan, pero así es la vida, y hay veces que las cosas se pueden salir de control.

 Ejemplo de ello lo supe por mí querida amiga Anaida...esposa del entrañable Eliades Pérez, ya fallecido.

Me contó, que por estos rumbos se realizó un altar, y en la contienda de improvisadores hubo dos que resaltaron, de uno no recuerdo el nombre, pero del otro, llamado Nicolás, jamás podré olvidarlo.

Sucedió que, en medio de la batalla de décimas y canciones, y en el fervor del altar, el contrincante de Nicolás, le cantó así:

 "recuérdate Nicolás, qué en el altar de Caleta, te robaste un colador, que había puesto en una orqueta".

Inmediatamente se formó un juego “e” piñazo y aquello terminó como la fiesta del guatao.

Pero igual de perturbador e inapropiado, son acontecimientos que forman parte de nuestra historia, tradición e identidad religiosa y que convierten a los altares en uno de los momentos más hermosos que la religión católica dejó en nuestra población y que denotan lo vivás de su práctica.

 

 

 

 

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